Organizando las Fuerzas Cristianas

 Roanoke, VA, 17 de julio de 2013.

Organizando las Fuerzas Cristianas

Queridos Hermanos,

    Tras analizar nuestra condición espiritual como individuos, familias y como iglesia, llegamos a la conclusión de que una gran obra debe ser hecha urgentemente en favor de nuestros hermanos y hermanas de todo el mundo. No es una obra humana. Necesitamos humillarnos ante el Señor, reconociendo nuestra verdadera condición espiritual y orando fervientemente a Dios que nuestra negligencia en hacer Su obra pueda ser perdonada, y que podamos seguir las instrucciones reveladas en Su Palabra.

   En este apelo, son citados párrafos de la Biblia y el Espíritu de Profecía en cuanto a lo que debe ser llevado a cabo por nuestra parte para cumplir nuestras obligaciones de acuerdo a la voluntad de Dios.

Al viajar alrededor del mundo, se hace evidente donde están nuestras deficiencias como pueblo—sin embargo, hay soluciones reales en la inspirada palabra de Dios que pueden y deben ser implementadas si queremos genuinamente participar de la fase final del plan Divino de salvación.

    Aquí hay cuatro puntos básicos que necesitan urgentemente ser implementados en nuestras iglesias, a fin de promover el trabajo misionero, no sólo por los ministros y obreros bíblicos que se dedican tiempo completo, sino también, en la medida de lo posible, involucrar a toda la Iglesia en el servicio activo para el Maestro:

1.      Orar por el bautismo del Espíritu Santo;

2.      Involucrar la iglesia local en esfuerzos misioneros;

3.      Utilizar los métodos de Cristo;

4.      Ordenar ancianos y diáconos locales.

    “Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y cuenta el costo, para ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya echado el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a burlarse de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar. ¿O qué rey, yendo a hacer guerra contra otro rey, no se sienta primero y consulta si con diez mil puede salir al encuentro del que viene contra él con veinte mil? De otra manera, cuando el otro aún está lejos, le envía una embajada y le pide condiciones de paz. Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser Mi discípulo.” Lucas 14:28-33.

 

    De acuerdo con las palabras de Cristo, tenemos que sentarnos, calcular el costo, aceptar el plan de Dios para Su pueblo, y salir a proclamar a todo el mundo el evangelio eterno bajo el poder y dirección del Espíritu Santo.

1.   Orar por el bautismo del Espíritu Santo

    “Yo [Juan] a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; mas El que viene tras mí, es más poderoso que yo; cuyo calzado no soy digno de llevar; Él os bautizará con el Espíritu Santo, y con fuego.” Mateo 3:11.

Jesús es el que bautiza a su pueblo con el Espíritu Santo.

   “Y he aquí, Yo enviaré sobre vosotros la promesa de Mi Padre: mas vosotros quedaos en la ciudad de Jerusalén hasta que seáis investidos con poder de lo alto”. Lucas 24:49.

    “Recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo; y Me seréis testigos, a la vez, en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”. Hechos 1:8.

    “Cristo estaba continuamente recibiendo del Padre a fin de poder impartírnoslo. ‘La palabra que habéis oído -dijo él-, no es Mía, sino del Padre que Me envió’. ‘El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir.’ El vivió, pensó y oró, no para Sí mismo, sino para los demás.  De las horas pasadas en comunión con Dios El volvía mañana tras mañana, para traer la luz del cielo a los hombres. Diariamente recibía un nuevo bautismo del Espíritu Santo. En las primeras horas del nuevo día, Dios Lo despertaba de Su sueño, y Su alma y Sus labios eran ungidos con gracia para que pudiese impartir a los demás. Sus palabras Le eran dadas frescas de las cortes del cielo para que las hablase en sazón al cansado y oprimido. El dice: ‘El Señor Jehová Me dio lengua de sabios, para saber hablar en sazón palabra al cansado; despertará de mañana, despertaráme de mañana oído, para que oiga como los sabios.” —Palabras de Vida del Gran Maestro, p. 105.

    “Insto a los miembros de iglesia de todas las ciudades a que se aferren del Señor con esfuerzo determinado para obtener el bautismo del Espíritu Santo. Debéis tener la seguridad de que Satanás no está dormido. El colocará todo obstáculo posible en el camino de los que avancen en esta obra. Con demasiada frecuencia se considera que estos obstáculos son insuperables. Que todos experimenten una conversión genuina, y que luego se ocupen de la obra con inteligencia y fe”. —Consejos Sobre Salud, p. 549.

    “¡Cuán grandemente necesitan los obreros un bautismo del Espíritu Santo, para llegar a ser verdaderos misioneros para Dios! Deberían aprender a esforzar cuanto fuese posible sus mentes, a fin de adquirir un conocimiento mejor de las verdades de la Biblia. Los maestros de la escuela sabática deberían orar diariamente por la iluminación del cielo, a fin de poder revelar a la mente de la juventud los tesoros de la sagrada Palabra. ¿Por qué no humillaros delante del Señor y permitir que la impresión del Espíritu Santo se manifieste en vuestro carácter y obra? Existe demasiada complacencia propia entre aquellos que se ocupan de la obra de la escuela sabática; demasiada maquinaria y rutina y todo esto tiende a alejar al alma de la Fuente del agua viva. ”—Consejos Sobre la Obra de la Escuela Sabática, 174. (1909)

“La obra de Dios se debe efectuar con poder. Necesitamos el bautismo del Espíritu Santo. Tenemos que comprender que Dios añadirá a las filas de su pueblo, hombres de habilidad e influencia que desempeñarán su parte en la tarea de amonestar al mundo. No todos los habitantes del mundo viven en la ilegalidad y el pecado. Dios tiene muchos miles que no se han inclinado ante Baal. Hay hombres y mujeres temerosos de Dios en las iglesias caídas. Si no fuera así, no se nos habría encargado proclamar este mensaje: "Ha caído, ha caído la gran Babilonia... Salid de ella, pueblo mío" (Apoc. 182-4). Muchas personas honestas de corazón anhelan un respiro de vida del cielo. Ellos reconocerán el Evangelio cuando les sea presentado en la belleza y sencillez con que es presentado en la Palabra de Dios.” –Testimonios vol. 9, pp. 90.

 

La Obra para Hoy

    “El mensaje del tercer ángel está adquiriendo las proporciones del fuerte clamor y no debéis sentiros con libertad de descuidar el deber actual y aun albergar la idea de que en algún tiempo futuro seréis los recipientes de una gran bendición, cuando ocurra un maravilloso reavivamiento sin ningún esfuerzo de vuestra parte... Habéis de tener hoy vuestro vaso purificado, para que esté listo para el rocío celestial, listo para los aguaceros de la lluvia tardía; pues la lluvia tardía vendrá, y la bendición de Dios llenará toda alma que esté purificada de toda contaminación. Es nuestra obra hoy en día rendir nuestras almas a Cristo, para que estemos preparados para el tiempo del refrigerio de la presencia del Señor: preparados para el bautismo del Espíritu Santo.”—El Evangelismo, p. 509.

Tenemos que clamar a Dios como lo hizo Jacob por un bautismo pleno del Espíritu Santo

    “El tiempo para trabajar es corto. Que haya mucha más oración. Que el alma anhele más de Dios. Que los lugares secretos de oración sean visitados con más frecuencia. Que se eche mano de la fortaleza del Poderoso de Israel. Que los ministros anden humildemente delante del Señor, llorando entre la entrada y el altar, clamando ´Perdona, oh Señor, a Tu pueblo y no entregues Tu heredad al oprobio´ (Joel 2:17).

    “Que nadie acaricie el pensamiento de que ya nos hemos esforzado demasiado. No, no; nos hemos esforzado muy poco. El trabajo que estamos haciendo ahora debía haberse hecho años atrás. Nuestros planes deben ampliarse, nuestras operaciones ser extendidas. Lo que es necesario ahora es una iglesia cuyos miembros individuales estén despiertos y activos para hacer todo lo que les es posible realizar.

    “No somos dejados solos en esta obra. Somos obreros juntamente con Dios, en compañerismo con los recursos divinos. El Señor tiene agencias que pondrá en operación en respuesta a la oración importuna de fe. Él cumplirá Su palabra, ´Y he aquí Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo´. El Capitán de nuestra salvación esta en todo campo de batalla donde la verdad está luchando contra el error. La verdad que profesamos ofrece el más alto fortalecimiento al esfuerzo más devoto, abnegado y perseverante que las energías mortales pueden rendir. Debemos tener el coraje de los héroes, y la fe de los mártires.

    “Podemos hacer nuestros mejores esfuerzos humanos; sin embargo, sin el bautismo del Espíritu Santo, no se verá ningún resultado positivo. La dirección y poder del Espíritu Santo es una necesidad absoluta, si queremos tener éxito ganando almas para el reino de Dios.”—Historical Sketches of the Foreign Missions of the Seventh-day Adventists, p. 294.

Siendo obreros activos en el servicio de Cristo

    “Cuando las Iglesias se tornan iglesias vivientes y laboriosas, el Espíritu Santo será dado en respuesta a su pedido sincero… Entonces las ventanas del cielo serán abiertas para los aguaceros de la lluvia tardía.”—The Review and Herald, February 25, 1890.

    “El gran derramamiento del Espíritu de Dios que ilumina toda la tierra con Su gloria, no acontecerá hasta que tengamos un pueblo iluminado, que conozca por experiencia lo que significa ser colaboradores de Dios. Cuando nos hayamos consagrado plenamente y de todo corazón al servicio de Cristo, Dios lo reconocerá por un derramamiento sin medida de Su Espíritu; pero esto no ocurrirá mientras que la mayor parte de la iglesia no colabore con Dios.” –Servicio Cristiano, p. 314 (1896).

    “Debemos tener una conexión viviente con Dios. Debemos ser vestidos con el poder de lo alto por el bautismo del Espíritu Santo, para que podamos alcanzar una norma más elevada; porque no hay ayuda para nosotros de otra manera.”—The Review and Herald, April 5, 1892.

    “La atmósfera de la iglesia es tan frígida, su espíritu es de tal naturaleza, que los hombres y mujeres no pueden sostener o soportar el ejemplo de la piedad primitiva nacida del cielo. El calor de su primer amor está congelado, y a menos que sean regalados por el bautismo del Espíritu Santo, su candelabro será quitado de su lugar, si no se arrepienten y hacen las primeras obras. Las primeras  obras de la iglesia se veían cuando los creyentes se buscaban amigos, parientes y conocidos, y con  corazones desbordantes de amor les contaban la historia de lo que Jesús era para ellos y lo que ellos eran para Jesús.Testimonios para Ministros, p. 166.

   “Cristo prometió el don del Espíritu Santo a Su iglesia, y la promesa nos pertenece a nosotros tanto como a los primeros discípulos. Pero como toda otra promesa, nos es dada bajo condiciones. Hay muchos que creen y profesan aferrarse a la promesa del Señor; hablan acerca de Cristo y acerca del Espíritu Santo, y sin embargo no reciben beneficio alguno. No entregan su alma para que sea guiada y regida por los agentes divinos. No podemos emplear al Espíritu Santo. El Espíritu ha de emplearnos a nosotros. Por el Espíritu obra Dios en Su pueblo ‘así el querer como el hacer, por su buena voluntad.’ Pero muchos no quieren someterse a eso. Quieren manejarse a sí mismos. Esta es la razón por la cual no reciben el don celestial. Únicamente a aquellos que esperan humildemente en Dios, que velan para tener Su dirección y gracia, se da el Espíritu. El poder de Dios aguarda que ellos lo pidan y lo reciban. Esta bendición prometida, reclamada por la fe, trae todas las demás bendiciones en su estela. Se da según las riquezas de la gracia de Cristo, y él está listo para proporcionarla a toda alma según su capacidad para recibirla”. –El Deseado de Todas las Gentes, 626.

Reconversión entre los ministros, obreros bíblicos y el pueblo

    “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que seáis reprobados? Pero confío que sabréis que nosotros no somos reprobados”. 2 Corintios 13:5,6.

 

    La experiencia del apóstol Pedro contiene una muy valiosa lección para todos los ministros y obreros bíblicos hoy. Él había seguido a Cristo durante tres años, y sin embargo no se conocía a sí mismo porque no conocía a Cristo. Cuando él dijo: ´No conozco a ese hombre´ mientras negaba a Cristo, en verdad, en un sentido, él estaba diciendo la verdad. Él no conocía a Cristo como necesitamos conocerlo, desconfiando completamente en nosotros mismos pero confiando plenamente en nuestro Salvador. Cristo le dijo: ´Y tu una cuando te conviertas, confirma a tus hermanos´. En verdad, necesitamos experimentar la misma experiencia de profunda conversión del apóstol Pedro.

    “Una razón por la que ahora no hay mas conversiones es porque vosotros mismos necesitáis ser convertidos. Tan pronto como recibáis el bautismo del Espíritu Santo, veréis la salvación de Dios. Permitamos que el arado haga su trabajo en el corazón. Deseamos ver a todos obteniendo fortaleza de Cristo al comer Su carne y beber Su sangre. Que Dios os ayude. Que os limpie de toda injusticia y que su luz brille sobre vosotros. Que podamos ver la salvación antes que esta reunión termine.” (Manuscript 77, 1902). Sermon at Petaluma, California, Campground, Sabbath, June 7, 1902.). {Peter´s Counsels to Parents p. 34.2}

    Otro ejemplo que debe ser seguido estrictamente es la experiencia de Jacob, durante aquella noche cuando luchó con Cristo el otro lado del río Jaboc.

Necesitamos Luchar con Dios en Oración

    “¿Haremos avanzar la obra a la manera de Dios? ¿Estamos dispuestos a ser enseñados por Dios? ¿Lucharemos con Dios en oración? ¿Recibiremos el bautismo del Espíritu Santo? Esto es lo que necesitamos y lo que podemos obtener en este tiempo. Entonces saldremos con un mensaje del Señor, y la luz de la verdad brillará como una lámpara que arde, extendiéndose a todos las partes del mundo. Si caminamos humildemente con Dios, Dios caminará con nosotros. Humillemos nuestras almas y veremos su salvación.”The Review and Herald, July 1, 1909.

2.   Involucrar la iglesia local en esfuerzos misioneros

    “El tiempo es corto y nuestras fuerzas deben organizarse para hacer una obra más amplia”. Testimonios, tomo 9. pág. 23.

   “La formación de pequeños grupos como base del esfuerzo cristiano me ha sido presentada por Uno que no puede errar.”—Testimonios vol. 7, pp. 24.

 

  “Hallan en cada iglesia grupos bien organizados de obreros para trabajar en el vecindario de esa iglesia.”— The Review and Herald, September 29, 1891.

    “En cada ciudad debería haber un cuerpo de obreros organizados y bien disciplinados; deben ser puestos a trabajar no solamente uno o dos, sino decenas.”—The General Conference Daily Bulletin, January 30, 1893.

    “Organícense nuestras iglesias en grupos para servir. Únanse diferentes personas para trabajar como pescadores de hombres. Procuren arrancar almas de la corrupción del mundo y llevarlas a la pureza salvadora del amor de Cristo”. –Testimonios vol. 7, pp. 24.

 

    “La iglesia de Cristo en la tierra se organizó con propósitos misioneros, y el Señor desea verla en su totalidad concibiendo maneras y medios para llevar el mensaje de verdad a los encumbrados y a los humildes, a los ricos y los pobres. –Testimonios vol. 6, p. 37.

 

    “Si hay muchos miembros en la iglesia, organícense en pequeños grupos para trabajar no sólo por los miembros de la iglesia, sino en favor de los incrédulos. Si en algún lugar hay solamente dos o tres que conocen la verdad, organícense en un grupo de obreros.” –Ibid, vol. 7, 24.

 

    “Si para la acción exitosa en el campo de batalla son necesarios el orden y la disciplina, en la obra en que estamos empeñados se los necesita tanto más cuanto mayor es el valor del objetivo que procuramos lograr, y más elevado es su carácter que el de los blancos por los cuales contienden las fuerzas antagónicas en el campo de batalla. En el conflicto en que estamos empeñados, hay en juego intereses eternos.” –Testimonios vol. 1, pp. 562.

 

    “Dios es un Dios de orden. Todo lo que se relaciona con el cielo está en orden perfecto; la sumisión y una disciplina cabal distinguen los movimientos de la hueste angélica.  El éxito sólo puede acompañar al orden y a la acción armónica. Dios exige orden y sistema en Su obra en nuestros días tanto como los exigía en los días de Israel. Todos los que trabajan para él han de actuar con inteligencia, no en forma negligente o al azar. El quiere que Su obra se haga con fe y exactitud, para que pueda poner sobre ella el sello de Su aprobación”. Patriarcas y Profetas, 393.

    “Debe hacerse una obra bien organizada en la iglesia, para que sus miembros sepan cómo impartir la luz a otros, y así fortalecer su propia fe y aumentar su conocimiento. Mientras impartan aquello que recibieron de Dios, serán confirmados en la fe. Una iglesia que trabaja es una iglesia viva. Somos incluidos en la edificación como piedras vivas, y cada piedra ha de emitir luz. Cada cristiano es comparado a una piedra preciosa que capta la gloria de Dios y la refleja.” —Testimonios vol. 6, pp. 434.

  

 En algunos lugares, vemos que nuestros misioneros están trabajando duro, pero desafortunadamente la iglesia como un todo no participa del trabajo como debiera. Esto nos recuerda la experiencia que la Hna. Elena White cuenta sobre el supervisor que fue empleado para mantener ocupado a un grupo de empleados. Pero en lugar de mantenerlos ocupados, el mismo estaba haciendo las tareas que se esperaba que ellos hicieran, mientras ellos estaban ociosos mirando. Como resultado, el supervisor fue despedido por no hacer apropiadamente el trabajo para el que fue asignado.

3.   Usando los Métodos de Cristo

    “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero. Pero ¡ay del solo cuando cayere! Pues no habrá segundo que lo levante. También si dos durmieren juntos, se calentarán; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra el uno, dos estarán contra él; y cordón de tres dobleces no presto se rompe”. Eclesiastés 4:9-12.

 

   “[Jesus] llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio potestad sobre los espíritus inmundos.” Marcos 6:7.

   “Después de estas cosas, designó el Señor también a otros setenta, y los envió de dos en dos delante de Su faz, a toda ciudad y lugar a donde Él había de venir. Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a Su mies”. Lucas 10:1,2.

 

Enviados de dos en dos

   “Llamando a los doce en derredor de sí, Jesús les ordenó que fueran de dos en dos por los pueblos y aldeas. Ninguno fue enviado solo, sino que el hermano iba asociado con el hermano, el amigo con el amigo. Así podían ayudarse y animarse mutuamente, consultando y orando juntos, supliendo cada uno la debilidad del otro. De la misma manera, envió más tarde a los setenta. Era el propósito del Salvador que los mensajeros del Evangelio se asociaran de esta manera. En nuestro propio tiempo la obra de evangelización tendría mucho más éxito si se siguiera fielmente este ejemplo.” —El Deseado De Todas las Gentes, 316.

    “Los obreros deben ir de dos a dos, para que puedan orar y consultarse mutuamente. Nunca debe enviárselos solos. El Señor Jesucristo envió a Sus discípulos de dos en dos a todas las ciudades de Israel. Les dio la comisión: ‘Sanad los enfermos que en ella hubiere, y decidles: Se ha llegado a vosotros el reino de Dios’. ” —El Evangelismo, p. 379.

    “Así como él había enviado a los doce, ‘designó el Señor aun otros setenta, los cuales envió de dos en dos delante de Sí, a toda ciudad y lugar a donde él había de venir (Luc. 10:1).’ Estos discípulos habían estado algún tiempo con él, preparándose para su trabajo”. El Deseado de todas las Gentes, 452.

Jóvenes con ancianos de dos en dos

    “En esta obra los jóvenes deben ser relacionados con aquellos de mayor experiencia, quienes, si son consagrados a Dios, pueden ser de gran bendición para ellos, instruyéndolos en las cosas de Dios y mostrándoles la mejor manera de trabajar por Él.”—Publishing Ministry, p. 295.

    “No solo los hombres sino también las mujeres pueden entrar el campo del colportaje. Y los colportores deberán ir de dos en dos. Este es el plan del Señor.”—The Review and Herald, October 7, 1902.

La hermana White testificó además: “Se me ha instruido a decir que donde se hace un esfuerzo de introducir la obra del evangelio en un nuevo campo, debe haber no menos de dos predicadores para trabajar juntos en el ministerio. Cuando Cristo envió a Sus discípulos en su gira misionera, los envió de dos en dos. Este es el plan del Señor.” —Manuscript Releases, vol. 15, p. 59.

    “Le hablé al pueblo en referencia a la ida de los obreros de dos en dos. Les dije que este era el arreglo de Cristo.” —Ibid.. p. 350.

Enseñando, Predicando, y Sanando           

    “Y recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y todo achaque en el pueblo”. Mateo 9:35.

    “Durante Su ministerio, Jesús dedicó más tiempo a sanar a los enfermos que a predicar. Sus milagros atestiguaban la verdad de Sus palabras de que no había venido para destruir, sino para salvar. Su justicia iba delante de El y la gloria del Señor era Su retaguardia. Dondequiera que fuera, Le precedían las nuevas de Su misericordia. Donde había pasado, los objetos de Su compasión se regocijaban en su salud y en el ejercicio de sus facultades recobradas. Se congregaban muchedumbres en derredor de ellos, para oír de sus labios las obras que el Señor había hecho. Su voz era el primer sonido que muchos habían oído, Su nombre la primera palabra que hubiesen pronunciado, Su rostro el primero que hubiesen mirado. ¿Por qué no habrían de amar a Jesús y cantar Sus alabanzas? Mientras El pasaba por los pueblos y ciudades, era como una corriente vital que difundía vida y gozo por dondequiera que fuera.”—El Deseado de Todas las Gentes, 316. 

    “Los seguidores de Cristo han de trabajar como El obró. Hemos de alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos y consolar a los dolientes y afligidos. Hemos de ministrar a los que desesperan e inspirar esperanza a los descorazonados. Y para nosotros se cumplirá también la promesa: ‘Irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia.'* El amor de Cristo, manifestado en un ministerio abnegado, será más eficaz para reformar al que yerra que la espada o el tribunal.” —Ibid., p. 316, 317.

4.   Ordenación de Ancianos y Diáconos locales

A Tito, mi verdadero hijo en la común fe: Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del Señor Jesucristo nuestro Salvador. Por esta causa te dejé en Creta, para que corrigieses lo deficiente, y ordenases ancianos en cada ciudad, así como yo te mandé; el que fuere irreprensible, marido de una esposa, que tenga hijos fieles, que no estén acusados de disolución, o rebeldía."  Tito 1:4-6.

 

   “Sería muy bueno que todos nuestros ministros pongan atención a estas palabras y no se apresuren a introducir hombres a este oficio sin la debida consideración y mucha oración para que Dios designe por su Santo Espíritu a quienes Él aceptará.

    “Dijo el apóstol inspirado: ‘No impongas de ligero las manos a ninguno’ (1 Tim. 5:22). En algunas de nuestras iglesias la obra de organizar y ordenar a los ancianos ha sido prematura; se ha pasado por alto la regla bíblica y por consiguiente la iglesia ha sufrido dificultades graves. No debe haber tanto apresuramiento en elegir a los dirigentes, como para ordenar a quienes no están en manera alguna preparados para la obra de responsabilidad, a saber, hombres que necesitan ser convertidos, elevados, ennoblecidos y refinados antes que puedan servir a la causa de Dios en cargo alguno.”Testimonios, vol. 5, pp. 581.

 

    Debemos evitar dos extremos:

1. Ordenar a personas no convertidas ni consagradas por un lado, y

2. Evitar el otro extremo de no ordenar a ningún nuevo obrero.

   Debemos buscar personas que pueden ser usadas como ancianos y diáconos ordenados en la iglesia local y prepararlos para esos oficios.

    Otra área en la que hemos estado errando es en no estar usando los talentos de nuestro pueblo, y en seguir una rutina formal de visitar nuestras Iglesias para dar los ritos del Señor y organizándolas, sin instruir a nuestro pueblo en cómo hacer el trabajo misionero por sí mismos  en lugar de depender de nuestros ministros y obreros bíblicos. El siguiente párrafo nos da una orientación clara de cómo usar la fuerza misionera de nuestros miembros laicos:

Los siete diáconos en Jerusalén

    La experiencia de los primeros cristianos ofrece lecciones valiosas para la iglesia de hoy.

    “Y en aquellos días, multiplicándose el número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los hebreos, de que sus viudas eran desatendidas en el ministerio cotidiano. Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas.  Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes pongamos sobre este trabajo. Y nosotros persistiremos en la oración, y en el ministerio de la palabra. Y lo dicho agradó a toda la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, y a Prócoro, y a Nicanor, y a Timón, y a Parmenas, y a Nicolás, un prosélito de Antioquía. A éstos presentaron delante de los apóstoles, quienes orando, les impusieron las manos. Y crecía la palabra de Dios, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; y una gran multitud de los sacerdotes obedecía a la fe”. Hechos 6:1-7.

 

    “Los apóstoles reunieron a los fieles en asamblea, e inspirados por el Espíritu Santo, expusieron un plan para la mejor organización de todas las fuerzas vivas de la iglesia.  Dijeron los apóstoles que había llegado el tiempo en que los jefes espirituales debían ser relevados de la tarea de socorrer directamente a los pobres, y de cargas semejantes, pues debían quedar libres para proseguir con la obra de predicar el Evangelio. Así que dijeron: ‘Buscad pues, hermanos, siete varones de vosotros de buen testimonio, llenos de Espíritu Santo y de sabiduría, los cuales pongamos en esta obra. Y nosotros persistiremos en la oración, y en el ministerio de la palabra.’ Siguieron los fieles este consejo, y por oración e imposición de manos fueron escogidos solemnemente siete hombres para el oficio de diáconos.

    “El nombramiento de los siete para tomar a su cargo determinada modalidad de trabajo fue muy beneficioso a la iglesia.  Estos oficiales cuidaban especialmente de las necesidades de los miembros así como de los intereses económicos de la iglesia; y con su prudente administración y piadoso ejemplo, prestaban importante ayuda a sus colegas para armonizar en unidad de conjunto los diversos intereses de la iglesia.

    “Esta medida estaba de acuerdo con el plan de Dios, como lo demostraron los inmediatos resultados que en bien de la iglesia produjo. ‘Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba mucho en Jerusalén: también una gran multitud de los sacerdotes obedecía a la fe." Esta cosecha de almas se debió igualmente a la mayor libertad de que gozaban los apóstoles y al celo y virtud demostrados por los siete diáconos.  El hecho de que estos hermanos habían sido ordenados para la obra especial de mirar por las necesidades de los pobres, no les impedía enseñar también la fe, sino que, por el contrario, tenían plena capacidad para instruir a otros en la verdad, lo cual hicieron con grandísimo fervor y éxito feliz.” —Los Hechos de los Apóstoles, p. 73, 74.

¡Debemos evitar revolotear sobre las iglesias!

    “¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si perdiere una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros, gozoso; y viniendo a casa, reúne a sus amigos y a sus vecinos, diciéndoles: Regocijaos conmigo, porque he hallado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentimiento”. Lucas 15:4-7.

 

    Aunque hay muchas lecciones maravillosas de esta parábola, sin embargo, queremos enfatizar solo una de ellas: El buen pastor dejó las noventa y nueve en el desierto y fue tras la que se perdió y no regresó hasta que halló la que se había perdido.

   Esta es una lección extraordinaria para nosotros. Necesitamos dejar esas ovejas que están seguras en el redil y salir a buscar la que se ha perdido casi pereciendo en el mundo.

    Al escribir a un ministro que planeaba pasar semanas visitando iglesias ya establecidas, la Hna. Elena White nos da instrucciones muy útiles bien aplicables a nuestra experiencia hoy:

    “El Hno.-- me presentó los planes para ciertas reuniones que debían realizarse durante semanas en diferentes lugares entre los que conocen, la verdad. Indudablemente algunos que han venido a la fe en forma reciente serían beneficiados, pero yo sé que Ud. no está en el camino recto. Algunos de los que se congreguen, indudablemente fortalecerán su fe y serán confirmados; pero, esta obra no lleva el mensaje de amonestación a los que todavía están en las tinieblas y el error, que no conocen la verdad. El tiempo pasa, los peligros de los últimos días están sobre nosotros; ¿y cuántos nos dirán en el último gran día, cuando cada hombre reciba según sus obras: ¿por qué no nos habéis amonestado? No nos habéis dicho las cosas que debíamos saber.

    “Cristo dice: ‘No he venido a llamar a los justo  sino a los: pecadores’. Salgan nuestros ministros con el peso del solemne mensaje de amonestación. Cuando las personas han tenido todas las ventajas para obtener un conocimiento de la verdad, ¿cómo se harán planes para impedir que nuestros obreros hagan la obra de salvar a las almas que están en las tinieblas del error? El tiempo es corto. Sea dado en forma clara y distinta el mensaje de amonestación. El Señor viene a ejecutar juicio sobre los que no obedecen el Evangelio.

    “Enoc en sus días hizo resonar la proclama de la venida de Cristo y de la ejecución del juicio sobre, los injustos; y hoy vemos el cumplimiento de la profecía de Enoc concerniente a la gran maldad que había de abundar. Pero éstos que tienen la luz son precisamente aquellos a quienes Dios ha comisionado para hacer constantemente una guerra agresiva. Cuando se haga la pregunta: ‘Guarda, ¿qué de la noche?’ ha de oírse en respuesta el mensaje: ‘La mañana viene, y después la noche’.

    “La influencia de la verdad está demasiado restringida. Sean constreñidos los hombres que conocen la verdad a comunicarla a los que están en las tinieblas. Muchos están satisfechos con una visión de la verdad, pero no han avanzado para ocupar su lugar a fin de comunicar lo que han recibido. Dios ha permitido que los hombres sintieran el poder de la verdad, pero no están todos ellos haciendo la obra que les fue señalada, de buscar y salvar lo que se ha perdido.  Cada uno ha de ceñirse la armadura, y ha de prepararse para conquistar a otros para la obediencia a la ley de Dios. Veo que hay mucho que se da a aquellos que ya tienen; estas maravillosas reuniones en favor de los que desean tener más fuerza están privando al mundo precisamente de la obra que debe ser hecha. Nuestros pastores debieran ahora estar trabajando por la salvación de los perdidos. Las semanas  invertidas en reuniones para capacitar al hombre para el trabajo, sería mejor, mucho mejor que fueran empleadas en ir por los caminos y los vallados con la proclamación: "Venid que ya está todo aparejado".

    “Los que obedecen la luz que tienen, recibirán iluminación de lo alto; pues los mensajeros celestiales están esperando para cooperar con los hombres para amonestar a un mundo engañado y pecaminoso. Cuando el pueblo de Dios se empeñe en esta obra con verdadera aflicción de alma, se manifestará un cambio decidido en las ciudades y los pueblos. Esto de revolotear en torno a las iglesias para mantenerlas afianzadas las hace más dependientes del esfuerzo humano. Aprenden a confiarse en la experiencia de sus semejantes y no dependen de Dios para su eficiencia. Es tiempo de que las ciudades y los pueblos por donde quiera estén oyendo la solemne nota de amonestación: ‘He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá’. Preparaos para que seáis hallados por él en paz.

    “Os ruego a vosotros a quienes Dios ha favorecido con un conocimiento de la verdad: Id a trabajar; hay obra que hacer por doquiera. Los campos están blancos para la siega. Se necesitan, precisamente ahora, sembradores y cosechadores.  El tiempo que dedicáis a impartir constantemente a aquellos que entienden el mensaje de amonestación no rendirá ni siquiera una décima parte de la fuerza que ellos recibirían al hacerse cargo de la obra de comunicar vida para salvar a las almas que perecen. Los ángeles están esperando para bendecir a los obreros consagrados. La parábola de la oveja perdida debe ser una lección para cada alma que ha sido rescatada de la trampa de Satanás. No hemos del revolotear sobre las noventa y nueve, sino que hemos de ir a salvar a los perdidos, cazándolos en los desiertos de las grandes ciudades y pueblos.  En esta obra los  obreros serán inducidos a sentir su debilidad, y huirán a la fortaleza. La presencia divina estará con ellos, para darles fuerza y valor, fe y esperanza.  Los obreros de corazón sincero serán colaboradores con Dios.

Trabajo para todo verdadero discípulo

    “Todo verdadero seguidor de Cristo tiene una obra que realizar.  Dios ha dado a todo hombre su obra. Unos pocos están señalando ahora el rollo de la profecía que se cumple, rápidamente, y están proclamando el mensaje: Preparaos, prestad obediencia a Dios guardando sus mandamientos. Este no es un tiempo para que los mensajeros de Dios se detengan revoloteando sobre aquellos que conocen la verdad, y que tienen todas las ventajas. Vayan ellos a levantar el estandarte y dar la amonestación: ‘He aquí, el esposo viene; salid a recibirle’.

    “Considere cada uno de los que ama a Dios que ahora, mientras es de día, es tiempo, no de trabajar entre las ovejas que ya están en el redil, sino de salir a buscar a los perdidos y a los que perecen. Estos necesitan tener ayuda especial para hacerlos volver al redil. Es ahora tiempo de que los descuidados despierten de su sueño. Es ahora tiempo de rogar a las almas que no solamente escuchen la Palabra de Dios sino que si demora obtengan el aceite en las vasijas, de sus lámparas. El aceite es la justicia de Cristo. Representa el carácter, y el carácter no es transferible. Ningún hombre puede obtenerlo por otro. Cada uno debe lograr para sí un carácter purificado de toda mancha de pecado.

    “El Señor viene con poder y grande gloria. Su obra entonces consistirá en hacer una  gran separación, entre los justos y los impíos. Pero el aceite no puede en ese momento ser transferido a las vasijas de aquellos que no lo tienen. Entonces se cumplirán las palabras de Cristo: ‘Dos mujeres estarán moliendo juntas: la una será tomada, y la otra dejada.  Dos estarán en el campo; el uno será tomado, y el otro dejado’.  Los justos y los impíos han de asociarse en la obra de la vida.  Pero el Señor lee el carácter; él discierne a los que son hijos obedientes, a los que respetan y aman Sus mandamientos.”—Testimonios para los Ministros, p. 231-237.

Un Ministerio Consagrado

    EN SU vida y lecciones Cristo dio una perfecta ejemplificación del ministerio abnegado que tiene su origen en Dios.  Dios no vive para Sí.  Al crear el mundo y al sostener todas las cosas, está ministrando constantemente a otros. "Hace que Su sol salga sobre malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos." (Mat. 5: 45.) El Padre encomendó al Hijo este ideal de ministerio.  Jesús fue dado para que permaneciera a la cabeza de la humanidad, y enseñara por Su ejemplo qué significa ministrar. Toda Su vida estuvo bajo la ley del servicio. El servía a todos, ministraba a todos.

    Vez tras vez, Jesús trató de establecer este principio entre Sus discípulos. Cuando Santiago y Juan Le pidieron la preeminencia, les dijo: "Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor; y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo: como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos”. Mateo 20:26-28.  

    Desde Su ascensión, Cristo ha llevado adelante Su obra en la tierra mediante embajadores escogidos, por medio de quienes habla aún a los hijos de los hombres y ministra sus necesidades.  El que es la gran Cabeza de la iglesia dirige Su obra mediante hombres ordenados por Dios para que actúen como Sus representantes.

     La posición de aquellos que han sido llamados por Dios para trabajar en palabra y en doctrina para la edificación de Su iglesia, es de grave responsabilidad. En lugar de Cristo han de suplicar a los hombres y mujeres que se reconcilien con Dios; y pueden cumplir su misión solamente en la medida en que reciban sabiduría y poder de lo alto.

    Los ministros de Cristo son los atalayas espirituales de la gente encomendada a su cuidado.  Su trabajo se ha comparado al de los centinelas. En los tiempos antiguos los centinelas eran colocados sobre los muros de las ciudades, donde, desde puntos estratégicos, podían ver los puestos importantes que debían ser protegidos, y dar la voz de alarma cuando se acercaba el enemigo. De su fidelidad dependía la seguridad de todos los que estaban dentro. Se les exigía que a intervalos determinados se llamaran unos a otros, para estar seguros de que todos estaban despiertos, y que ninguno había recibido daño alguno. El grito de buen ánimo o de advertencia era transmitido de uno a otro, y cada uno repetía el llamado hasta que el eco circundaba la ciudad.

    A todos los ministros el Señor declara: "Tú pues, hijo del hombre, Yo te he puesto por atalaya a la casa de Israel, y oirás la palabra de Mi boca, y los apercibirás de Mi parte. Diciendo Yo al impío: Impío, de cierto morirás; si tú no hablares para que se guarde el impío de su camino, el impío morirá por su pecado, mas su sangre Yo la demandaré de tu mano. Y si tú avisares al impío de su camino para que de él se aparte, y él no se apartare de su camino, . . . tú libraste tu vida." Ezequiel 33:7-9.

   Las palabras del profeta declaran la solemne responsabilidad de los que son colocados como guardianes de la iglesia, mayordomos de los misterios de Dios. Han de permanecer como atalayas sobre los muros de Sión, para dar la nota de alarma al acercarse el enemigo. Las almas están en peligro de caer bajo la tentación, y perecerán a menos que los ministros de Dios sean fieles en su cometido.  Si por alguna razón sus sentidos espirituales se entorpecen hasta que sean incapaces de discernir el peligro, y porque no dieron la amonestación el pueblo perece, Dios requerirá de sus manos la sangre de los perdidos.

    Es el privilegio de los atalayas de los muros de Sión vivir tan cerca de Dios, ser tan susceptibles a las impresiones de Su Espíritu, que él pueda obrar por medio de ellos para advertir a los hombres y mujeres de su peligro, y señalarles el lugar de seguridad. Han de advertirles fielmente el seguro resultado de la transgresión, y proteger fielmente los intereses de la iglesia.  En ningún tiempo pueden descuidar su vigilancia. La suya es una obra que requiere el ejercicio de todas las facultades de su ser.  Sus voces han de elevarse con tonos de trompeta, y nunca han de dar una nota vacilante e incierta. No han de trabajar por la paga, sino porque no pueden obrar de otra manera, porque comprenden que pesa un ay sobre ellos si no predican el Evangelio. Escogidos por Dios, sellados con la sangre de la consagración, han de rescatar a los hombres y mujeres de la destrucción inminente.

     El ministro que es colaborador de Cristo tendrá un profundo sentido de la santidad de su trabajo, y de la ardua labor y el sacrificio requeridos para realizarlo con éxito. No estudia su propia comodidad o conveniencia. Se olvida de sí mismo. En su búsqueda de las ovejas perdidas, no siente que él mismo está cansado, con frío y hambre. No tiene sino un objeto en vista: la salvación de los perdidos.   

     El que sirve bajo el estandarte manchado de sangre de Emmanuel tiene una tarea que requerirá esfuerzo heroico y paciente perseverancia.  Pero el soldado de la cruz permanece sin retroceder en la primera línea de la batalla.  Cuando el enemigo lo presiona con sus ataques, se torna a la fortaleza por ayuda, y mientras presenta al Señor las promesas de la Palabra, se fortalece para los deberes de la hora. Comprende su necesidad de fuerza de lo alto. Las victorias que obtiene no le inducen a la exaltación propia, sino a depender más y más completamente del Poderoso. Confiando en ese Poder, es capacitado para presentar el mensaje de salvación tan vigorosamente que vibre en otras mentes.

    El que enseña la Palabra debe vivir en concienzuda y frecuente comunión con Dios por la oración y el estudio de su Palabra; porque ésta es la fuente de la fortaleza. La comunión con Dios impartirá a los esfuerzos del ministro un poder mayor que la influencia de su predicación.  No debe privarse de ese poder. Con un fervor que no pueda ser rechazado, debe suplicar a Dios que lo fortalezca para el deber y la prueba, que toque sus labios con el fuego vivo. A menudo los embajadores de Cristo se aferran demasiado débilmente a las realidades eternas. Si los hombres quisieren caminar con Dios, El los esconderá en la hendidura de la Roca.  Escondidos así, podrán ver a Dios, así como Moisés Le vio. Por el poder y la luz que él imparte podrán comprender y realizar más de lo que su finito juicio considera posible.

     La astucia de Satanás tiene más éxito contra los que están deprimidos. Cuando el desaliento amenace abrumar al ministro, exponga él sus necesidades a Dios. Cuando los cielos eran como bronce sobre Pablo, era cuando él confiaba más plenamente en Dios. Conocía él mejor que la mayoría de los hombres el significado de la aflicción; pero escuchad su grito triunfal cuando, acosado por la tentación y el conflicto, avanza hacia el cielo: "Porque lo que al presente es momentáneo y leve de nuestra tribulación, nos obra un sobremanera alto y eterno peso de gloria; no mirando nosotros a las cosas que se ven, sino a las que no se ven." (2 Corintios 4: 17, I8.) Los ojos de Pablo estaban siempre fijos en lo invisible y eterno.  Al comprender que luchaba contra poderes sobrenaturales, se confiaba a Dios, y en esto residía su fuerza. Es viendo al Invisible como el alma adquiere fuerza y vigor y se quebranta el poder de la tierra sobre la mente y el carácter.

     Un pastor debería tratar libremente con la gente por la cual trabaja, para familiarizarse con ella y saber adaptar su enseñanza a sus necesidades. Cuando un ministro de la Palabra ha predicado un sermón, su trabajo apenas ha comenzado. Tiene que hacer obra personal. Debe visitar a la gente en sus casas, hablar y orar con ella con fervor y humildad.  Hay familias que nunca serán alcanzadas por las verdades de la Palabra de Dios, a menos que los dispensadores de Su gracia penetren en sus hogares y les señalen el camino más elevado. Pero los corazones de los que hacen este trabajo deben latir al unísono con el corazón de Cristo.

     Mucho abarca la orden: "Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene Mi casa." (Luc. 14: 23.) Enseñen los ministros la verdad en las familias, vinculándose estrechamente con aquellos por quienes trabajan, y mientras cooperen así con Dios, él los revestirá de poder espiritual.  Cristo los guiará en su trabajo, y les dará palabras que penetren profundamente en los corazones de sus oyentes.  Es el privilegio de todo ministro poder decir con Pablo: "Porque no he rehuido de anunciaros todo el consejo de Dios." "Nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, . . . arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo." (Hechos 20: 27, 20, 21.)

    El Salvador iba de casa en casa, sanando a los enfermos, confortando a los enlutados, consolando a los afligidos, hablando paz a los desconsolados. Tomaba a los niñitos en sus brazos y los bendecía, y hablaba palabras de esperanza y consuelo a las cansadas madres. Con incansable ternura y cortesía, trataba toda forma de aflicción y dolor humanos. No trabajaba para Sí sino para otros.  Era siervo de todos.  Era Su comida y bebida infundir esperanza y fuerza a todos aquellos con quienes Se relacionaba. Mientras los hombres y mujeres escuchaban las verdades que caían de Sus labios, tan distintas de las tradiciones y dogmas enseñados por los rabinos, brotaba la esperanza en sus corazones. En Su enseñanza había un fervor que hacía penetrar Sus palabras en los corazones con un poder convincente.

     Algunos que han trabajado en el ministerio no han tenido éxito porque no han dedicado su interés indiviso a la obra del Señor. Los ministros no deberían tener intereses absorbentes fuera de la gran obra de guiar las almas al Salvador. Los pescadores a quienes llamó Cristo, abandonaron inmediatamente sus redes y le siguieron. Los ministros no pueden realizar un trabajo aceptable para Dios, y al mismo tiempo llevar las cargas de grandes empresas comerciales personales. Semejante división de intereses empaña su percepción espiritual.  La mente y el corazón están ocupados con las cosas terrenales, y el servicio de Cristo pasa a un lugar secundario. Tratan de acomodar su trabajo para Dios a sus circunstancias personales, en lugar de acomodar las circunstancias a las demandas de Dios.

     El ministro necesita todas sus energías para su alta vocación.  Sus mejores facultades pertenecen a Dios.  No debe envolverse en especulaciones ni en ningún otro negocio que pueda apartarlo de su gran obra. "Ninguno que milita -declaré Pablo- se embaraza en los negocios de la vida; a fin de agradar a Aquel que lo tomó por soldado," 2 Timoteo 2:4. Así recalcó el apóstol la necesidad del ministro de consagrarse sin reserva al servicio del Señor. El ministro enteramente consagrado a Dios rehúsa ocuparse en negocios que podrían impedirle dedicarse por completo a su sagrada vocación. No lucha por honores o riquezas terrenales, su único propósito es hablar a otros del Salvador, que Se dio a Sí mismo para proporcionar a los seres humanos las riquezas de la vida eterna.  Su más alto deseo no es acumular tesoros en este mundo, sino llamar la atención de los indiferentes y desleales a las realidades eternas.  Puede pedírsele que se ocupe en empresas que prometan grandes ganancias mundanales, pero ante tales tentaciones responde: "¿Qué aprovechará al hombre, si granjeara todo el mundo, y pierde su alma?" Marcos 8:36.

     Satanás presentó este móvil a Cristo, sabiendo que si lo aceptaba, el mundo nunca sería redimido.  De diversas maneras presenta la misma tentación a los ministros de Dios hoy día, sabiendo que los que son engañados por ella traicionarán su cometido.

     No es la voluntad de Dios que sus ministros procuren ser ricos.  Al considerar esto, Pablo escribió a Timoteo: "El amor del dinero es la raíz de todos los males: el cual codiciando algunos, se descaminaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.  Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre." (1 Tim. 6:10,11.) Por ejemplo tanto como por precepto, el embajador de Cristo ha de mandar "a los ricos de este siglo. . . que no sean altivos, ni pongan la esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia de que gocemos: que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, que con facilidad comuniquen; atesorando para sí buen fundamento para lo por venir, que echen mano a la vida eterna." (1 Tim. 6:17-19).

     Lo experimentado por el apóstol y su instrucción en cuanto a la santidad de la obra del ministro son una fuente de ayuda e inspiración para los que se ocupan en el ministerio evangélico.  El corazón de Pablo ardía de amor por los pecadores, y dedicaba todas sus energías a la obra de ganar almas. Nunca vivió un obrero más abnegado y perseverante. Las bendiciones que recibía las consideraba otras tantas ventajas que debía usar para bendición de otros. No perdía ninguna oportunidad de hablar del Salvador o ayudar a los que estaban en dificultad.  Iba de lugar en lugar predicando el Evangelio de Cristo y estableciendo iglesias. Dondequiera podía encontrar oyentes, procuraba contrarrestar el mal y tornar los hombres y mujeres a la senda de la justicia.

     Pablo no se olvidaba de las iglesias que había establecido. Después de hacer una jira misionera, él y Bernabé volvieron sobre sus pasos y visitaron las iglesias que habían levantado, escogiendo de entre sus miembros hombres a quienes podían preparar para que se les unieran en la proclamación del Evangelio.

     Este rasgo de la obra de Pablo contiene una importante lección para los ministros hoy día.  El apóstol hizo de la enseñanza de jóvenes para el oficio de ministros una parte de su obra.  Los llevaba consigo en sus viajes misioneros, y así adquirían la experiencia necesaria para ocupar más tarde cargos de responsabilidad.  Mientras estaba separado de ellos, se mantenía al tanto de su obra, y sus epístolas a Timoteo y Tito demuestran cuán vivamente anhelaba que obtuviesen éxito.

     Los obreros de experiencia hacen hoy una noble obra cuando, en lugar de tratar de llevar todas las cargas ellos mismos, adiestran obreros más jóvenes y colocan cargas sobre sus hombros.

     Nunca olvidaba Pablo la responsabilidad que descansaba sobre él como ministro de Cristo; ni que si las almas se perdían por su infidelidad, Dios lo tendría por responsable. "Soy hecho ministro -declaró,- según la dispensación de Dios que me fue dada en orden a vosotros, para que cumpla la palabra de Dios; a saber, el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, mas ahora ha sido manifestado a Sus santos: a los cuales quiso Dios hacer notorias las riquezas de la gloria de este misterio entre los Gentiles; que es Cristo en vosotros la esperanza de gloria: el cual nosotros anunciamos, amonestando a todo hombre, y enseñando en toda sabiduría, para que presentemos a todo hombre perfecto en Cristo Jesús: en lo cual aun trabajo, combatiendo según la operación de él, la cual obra en mí poderosamente." Colosenses  1:25-29

     Estas palabras presentan al obrero de Cristo una norma elevada, que puede ser alcanzada, sin embargo, por todos los que, poniéndose bajo la dirección del gran Maestro, aprenden diariamente en la escuela de Cristo. El poder que Dios tiene a Su disposición es ilimitado, y el ministro que en su gran necesidad se esconde en el Señor, puede estar seguro de que recibirá lo que será para sus oyentes un sabor de vida para vida.

     Los escritos de Pablo muestran que el ministro evangélico debe ser un ejemplo de las verdades que enseña, "sin dar en nada ocasión de ofensa, para que no sea culpado el ministerio." (2 Corintios 6: 3, V.M.) De su propia obra nos ha dejado un cuadro en su carta a los corintios: "En todo recomendándonos como ministros de Dios, en mucha paciencia, en aflicciones, en necesidades, en angustias, en azotes, en cárceles, en alborotos, en trabajos, en vigilias, en ayunos; con pureza, con ciencia, con longanimidad, con mansedumbre, con el Espíritu Santo, con amor no fingido, con palabra de verdad, con poder de Dios; por medio de la armadura de justicia, a diestra y a siniestra, por medio de honra y deshonra, por medio de mala fama y buena fama; como impostores, y sin embargo veraces; como desconocidos, y sin embargo bien conocidos; como moribundos, y he aquí que vivimos; como castigados, mas no muertos; como pesarosos, mas siempre gozosos: como pobres, mas enriqueciendo a muchos." (2 Corintios 6:4-10, V. M.)

     A Tito escribió: "Exhorta asimismo a los mancebos a que sean comedidos; mostrándote en todo por ejemplo de buenas obras; en doctrina haciendo ver integridad, gravedad, palabra sana, e irreprensible; que el adversario se avergüence, no teniendo mal ninguno que decir de vosotros." (Tito 2: 6-8.)

    No hay nada más precioso a la vista de Dios que los ministros de Su Palabra, que penetran en los desiertos de la tierra para sembrar las semillas de verdad, esperando la cosecha.  Ninguno sino Cristo puede medir la solicitud de Sus siervos mientras buscan al perdido. El les imparte Su Espíritu, y por sus esfuerzos las almas son inducidas a volverse del pecado a la justicia.

     Dios llama a hombres dispuestos a dejar sus granjas, sus negocios, si es necesario sus familias, para llegar a ser misioneros suyos. Y el llamamiento hallará respuesta. En lo pasado hubo hombres que, conmovidos por el amor de Cristo y las necesidades de los perdidos, dejaron las comodidades del hogar y la asociación de los amigos, aun la de la esposa y los hijos, para ir a tierras extranjeras, entre idólatras y salvajes, a proclamar el mensaje de misericordia.  Muchos perdieron la vida en la empresa, pero se levantaron otros para continuar la obra. Así, paso a paso, la causa de Cristo ha progresado, y la semilla sembrada con tristeza ha producido una abundante cosecha. El conocimiento de Dios ha sido extendido ampliamente, y el estandarte de la cruz ha sido plantado en tierras paganas.

     Por la conversión de un pecador, el ministro somete a máximo esfuerzo sus recursos.  El alma que Dios ha creado y Cristo ha redimido es de gran valor, por causa de las posibilidades que tiene por delante, las ventajas espirituales que se le han concedido, las capacidades que puede poseer si la vivifica la Palabra de Dios, y la inmortalidad que puede obtener mediante la esperanza presentada en el Evangelio.  Y si Cristo dejó las noventa y nueve para poder buscar y salvar a la única oveja perdida, ¿podemos justificarnos nosotros si hacemos menos que esto?  El dejar de trabajar como Cristo trabajó, de sacrificarse como él se sacrificó, ¿no es una traición de los cometidos sagrados, un insulto a Dios?                              

     El corazón del verdadero ministro rebosa de un intenso anhelo de salvar almas.  Gasta tiempo y fuerza, no escatima el penoso esfuerzo, porque otros deben oír las verdades que le proporcionaron a su propia alma tal alegría y paz y gozo.  El Espíritu de Cristo descansa sobre él.  Vela por las almas como quien debe dar cuenta.  Con los ojos fijos en la cruz del Calvario, contemplando al Salvador levantado, confiando en Su gracia, creyendo que estará con él hasta el fin como su escudo, su fuerza, su eficiencia, trabaja por Dios.  Con invitaciones y súplicas, mezcladas con la seguridad del amor de Dios, trata de ganar almas para Cristo, y en los cielos se lo cuenta entre los que "son llamados y elegidos, y fieles (Apocalipsis 17:14).” Elena G. de White, Los Hechos de los Apóstoles, p. 359-371.

Oramos para que estas instrucciones inspiradas sean aplicadas en nuestras uniones, campos, misiones, iglesias y grupos alrededor del mundo.

Su hermano en la bendita esperanza,

Pastor Davi Paes Silva.

Presidente de la Conferencia General del Movimiento de Reforma Adventista del Séptimo día.

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